Yo te absuelvo de tus pecados

El sacramento de la Confesión, un producto psicológico al margen de la Ley

En las sociedades o países en donde la religión históricamente ejerce un ministerio influyente, aunque sus estados se declaren laicos, es común la divulgación de mensajes en defensa de una supuesta libertad religiosa previniendo sobre la injerencia del Estado en la vida privada de los individuos, pero esta advertencia cabe ejecutarse también sobre la injerencia de la religión en la intimidad y psicología de las personas.

Alazul Digital | La Redacción
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Publicado: 16/05/2013 - 09:51 / Actualizado: 28/11/2014 - 09:09

El hecho de que tanto las denominadas sectas como las iglesias mayoritarias usen métodos semejantes en la captación y mantenimiento de adeptos, ha conducido, en los países democráticos, a que las leyes de control de actividades religiosas sean exiguas e imprecisas a fin de proteger las prácticas históricas de estas últimas: las organizaciones religiosas vinculadas a los estados.

El artículo nº 18 de la "Declaración Universal de los Derechos Humanos" dice que toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Y el nº 12 que nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada y que toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.

El llamado sacramento de la Confesión practicado por las religiones cristianas Católica y Ortodoxa (no la Protestante) mediante el cual el prosélito revela intimidades, datos personales (y familiares) sobre su vida privada y su propia imagen a un sacerdote o guía espiritual a fin de ser perdonado por unos supuestos pecados, entra en grave conflicto con el citado artículo nº 12 de la "Declaración Universal de los Derechos Humanos" sobre las injerencias arbitrarias en la vida privada de las personas.

Al margen de que el “derecho eclesiástico”  recoja la figura del sigilo sacramental y garantice el secreto confiado y su no revelación, en primer lugar,  en cualquier país teóricamente democrático, existe una legislación civil sobre los derechos fundamentales relativos a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen frente a todo género de injerencia o intromisiones ilegítimas, que sólo el Estado, en caso de riesgo colectivo, puede traspasar.  

En segundo lugar nos encontramos con las legislaciones concernientes a los derechos de los menores o incapacitados. En tercer lugar, y ante un supuesto poder sanador y psicoterapéutico de la Confesión, se irrumpe de lleno en el marco regulatorio relativo al ejercicio ilegal de la medicina.

La práctica de la Confesión que los psicogrupos religiosos practican, ya sean minoritarios o de carácter supranacional, multinacional o internacional, mediante la cual los adeptos captados son inducidos a revelar voluntariamente elementos relativos al ámbito de su propia intimidad,  choca frontalmente con las leyes de protección de los consumidores en materia de «productos psicológicos» y entran de lleno en rutinas de control mental que pueden poner en peligro la integridad psicológica y la personalidad del individuo.

Los supuestos "pecadores" son meramente juzgados y penitenciados por faltas "morales", principalmente de índole genital, e incitados a un bucle de culpa/arrepentimiento que los mantiene atados a la voluntad del psicogrupo.   

También colisiona esta práctica con las leyes de protección a los niños, siempre los más vulnerables, especialmente en el caso de hijos de miembros que son educados en los psicogrupos. También la intimidad de los menores o incapacitados es objeto de especiales prescripciones en los países democráticos. El desprendimiento de alguna de sus facultades y derechos a la intimidad personal deberá contar con el consentimiento del Ministerio Fiscal y presentarse ante él por ellos mismos si sus condiciones de madurez lo permiten, y caso contrario  el consentimiento habrá de otorgarse mediante escrito por su representante legal.

Del mismo modo cualquier psicoterapia deber ser ejercida por un titulado con presunción de aptitud, formación aceptada y  competencia intelectual específica.  Cualquier miembro de la sociedad  que acuda a otro en busca de diagnóstico, tratamiento, pronóstico, sea físico o psicológico se está convirtiendo en un paciente.  Y quien satisfaga  esta petición de forma reiterada está ejerciendo como médico.  Y si este ejercido no está realizado por un profesional legalmente reconocido se está ejerciendo la medicina de forma ilegal.

En todos los casos, los cultos que inducen a sus adeptos a confiar secretos de conciencia a terceros que dicen ostentar autoridad para perdonar en nombre de una divinidad, pueden estar incurriendo en un delito tipificado en cualquier código penal como fraude o estafa al utilizar engaño para producir error, induciéndolo a realizar un acto de disposición en perjuicio propio (o ajeno) si no se está en condiciones de demostrar: 1º - la existencia real de esa divinidad,  2º - [en caso de poder confirmar su existencia] la delegación de poderes por parte de la divinidad hacia el sacerdote o guía espiritual, 3º - que los supuestos pecados a perdonar son realmente faltas.

El marco legal de los estados laicos y democráticos no debe  interferir en la libertad de cultos, sin embargo sí está obligado a proteger la integridad  psicológica de los individuos. En estos momentos los estados parecen estar centrados exclusivamente en los intereses económicos, abandonado a su suerte los problemas psicosociales.

Es más que evidente la existencia de una interrelación y una implicación estrecha entre los estados y las religiones mayoritarias hasta tal punto de que incluso éstas son financiadas con fondos públicos, al mismo tiempo que se les concede el estatus de “entidad central que detenta el monopolio del acceso a lo sobrenatural”. Pero la sociedad no puede extenderse a ningún campo sin que la vida jurídica le siga de cerca regulando y protegiendo; protegiendo de la manipulación y del abuso, principalmente a las personas en situación de debilidad.

* La diferencia entre las prácticas Ortodoxa y Católica de la Confesión radica en que la primera “pide humildemente que el Señor acepte la confesión de los fieles”, mientras  que la Católica emplea la formula «Yo te absuelvo de tus pecados».